La moneda envilecida ¿Dónde están los culpables?


 
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En el diccionario de la Real Academia Española (RAE) encontramos que, en una de sus acepciones, “vil” significa bajo o despreciable, pudiéndose utilizar este adjetivo para referirse a persona o cosa.

El verbo “envilecer” por otra parte significa, según la RAE:
1.- Hacer vil o despreciable algo o a alguien.
Y
2.- Hacer que descienda el valor de una moneda, un producto, una acción de bolsa, etc.

Una moneda envilecida es aquella cuyo valor HAN HECHO descender hasta el punto de hacerla despreciable para los agentes económicos, sin excepción, desde el ciudadano común que se ahorra el esfuerzo de recogerla del suelo mientras camina por la calle, hasta los empresarios que prefieren hacer negocios valorando sus transacciones en otras divisas, más nobles y dignas de confianza por su fortaleza y estabilidad.

La moneda no se envilece a sí misma, es víctima de las acciones insensatas llevadas a cabo por los responsables de gestionar su uso en el territorio que la emplea como medio de cambio.

Las monedas son emblemas representativos de los pueblos, tan importantes como sus símbolos patrios. En ella atesoran su patrimonio, producto del trabajo, todos los habitantes de un país. Pervertir su valor es un acto contra la ciudadanía, debería tener la categoría de delito. El dinero de curso legal es propiedad de la nación, reflejo de su prosperidad, y su indebida gestión por parte de las autoridades monetarias merece más que la crítica de la opinión pública y la reprobación moral.

El vocablo envilecer tenía un uso más adecuado, en cuanto a su significado literal, en la época en la cual las monedas eran fraguadas con un contenido importante de metales preciosos, del cual derivaba directamente el valor de las mismas. En la antigüedad, el envilecimiento de la moneda era un medio empleado por el monarca, quien poseía el monopolio de la acuñación del circulante en el reino, para proveerse de metales preciosos sustrayéndolos de la aleación utilizada para la fabricación de las piezas de dinero. Manipulación que le permitía al soberano generar más monedas con la misma cantidad de oro o plata, cambiando los metales preciosos o nobles por otros viles, de allí el término. Así modificaba, por ejemplo, las proporciones en oro y plomo de una moneda, aumentando la cantidad del segundo y disminuyendo la del primero.

El envilecimiento ocasionaba un descenso en el valor del dinero (por el menoscabo de la pureza de sus elementos constitutivos) y a continuación, el desprecio del metálico impuro por parte de los súbditos del rey. Esta adulteración del dinero acarreaba un aumento de precios: Si antes se aceptaba una moneda (que contenía una determinada cantidad de oro en ella) por algún producto, ahora, por el mismo producto, se exigía una mayor cantidad de monedas (hasta igualar la cantidad de oro que se obtenía con la moneda original). Ahora bien, el comprador al verse obligado a pagar más por el producto en el mercado tratará a su vez de cobrar más por su trabajo, y de esa manera se iba produciendo un ajuste generalizado de precios de los bienes y servicios (inflación) como consecuencia del fraude inicial del emisor de la moneda, quien sacaba provecho en el corto plazo del envilecimiento del signo monetario pero degeneraba el sistema de precios de la economía en su conjunto, provocando que con la misma cantidad de dinero se compraran menos bienes, es decir reduciendo el poder adquisitivo de los súbditos. Era riqueza despojada por el monarca a los ciudadanos, en la forma del oro que le negaba a sus monedas al momento de acuñarlas.

Actualmente el dinero en circulación (llamado dinero primario) está expresado en monedas de metales no preciosos y billetes, ambos sin valor intrínseco, si no fiduciario. El dinero fiduciario es aquel que basa su valor y aceptación en la fe o confianza de los agentes económicos en el ente emisor del dinero. Por lo que podríamos tener la esperanza que la antigua práctica del envilecimiento de la moneda fuera sólo un recuerdo evocado por los aficionados a la historia. Sin embargo no es así.

Práctica el envilecimiento de la moneda todo régimen que genere dinero sin el debido respaldo en las reservas internacionales del país (formadas por divisas, valores financieros y metales preciosos), equiparándose esta práctica a la antigua: con la misma cantidad de reservas o ahorros de la nación se emiten más monedas y billetes. Y con consecuencias semejantes en cuanto a aumento de precios y pérdida de riqueza y poder adquisitivo por parte de los ciudadanos.

En pocos países del mundo en la actualidad hay gobernantes que puedan decidir caprichosa e irresponsablemente envilecer la moneda. Un mecanismo para cuidar el valor del signo monetario, empleado por las más prósperas y estables economías modernas, es impedir que sobre la moneda decidan los burócratas por su propia cuenta, dotando para ello de autonomía y poder a las autoridades monetarias. Los bancos centrales son las instituciones encargadas de velar por la preservación del valor de la moneda de un país, resguardándola de prácticas tan apetecibles por los gobiernos como la generación de dinero inorgánico para financiar los gastos del Estado.

En nuestro país, la Ley del Banco Central de Venezuela (BCV), en su Capítulo III, Artículo 5 (De los Objetivos y Funciones) establece: “El objetivo fundamental del Banco Central de Venezuela es lograr la estabilidad de precios y preservar el valor de la moneda”. Sin embargo, la inflación “oficial” en Venezuela en el año 2015 fue nada menos que 180,9 % (la más alta del mundo). No es cualquier cifra, implica el empobrecimiento acelerado de los ciudadanos que ven sus ingresos hechos “sal y agua” por el aumento de los precios. Obviamente, el BCV no está cumpliendo con su “objetivo fundamental”, establecido en su propia Ley.

En la página web del BCV podemos obtener dos datos que arrojan indicios de por qué los venezolanos son castigados con una inflación tan alta y continuada. Por una parte tenemos que el nivel de reservas internacionales del país para el cierre del año 2014 era de 22.077 millones de dólares y el cierre del año 2015 era de 16.367 millones de dólares, lo que implica que en el lapso de un año los ahorros y respaldo del dinero circulante en nuestro país sufrió una disminución del orden del 25 %. El motivo principal de esta caída es por una parte la baja de los precios del petróleo a nivel mundial. Pero por otra parte existe una orientación altamente importadora de la economía que se agrava debido a la desaparición paulatina de nuestro aparato industrial afectada por una política económica contraria a los empresarios (lo que disminuye la oferta de bienes y servicios propios obligando a su importación).

En un país “normal” deberíamos esperar que la oferta monetaria del emisor, BCV, disminuya porque: Hay menos reservas respaldando el dinero circulante y hay menos bienes y servicios ofertados en el mercado. En diciembre de 2014 la cantidad de dinero circulante en Venezuela era de 1.952.747.600 bolívares y para diciembre de 2015 (transcurrido un año) era de 3.932.145.001… EL DOBLE, ES DECIR 100 % DE INCREMENTO DE DINERO CIRCULANTE A PESAR DE LA DISMINUCIÓN DE LAS RESERVAS INTERNACIONALES… El resultado no puede ser otro que la desvalorización de la moneda hasta su envilecimiento.

El BCV ha actuado contra natura y se ha hecho cómplice de la política del Poder Ejecutivo de expandir la cantidad de dinero cinculante en el sistema económico, sin atender al sano límite que imponen los recursos con que cuenta el Estado para ello, es decir los ahorros de la nación, las reservas internacionales.

Emitir dinero inorgánico le genera al Estado recursos para cubrir sus gastos en el corto plazo, pero cuando ese dinero en manos de los consumidores comienza a comprar bienes en una economía vapuleada, poco productiva y desabastecida INDUCE (y nunca ha sido mejor utilizado el término) un aumento de precios generalizado, es decir, inflación; además de presionar al alza el tipo de cambio, provocando depreciación, ya que los agentes económicos buscarán resguardar su patrimonio en una moneda más “fuerte” y en la cual confíen. Confianza quebrantada en la moneda envilecida por la conducta impropia del gobierno y del banco central, a quienes los ciudadanos habían encargado la gestión de un elemento de la nacionalidad tan importante como es la moneda… ¿Dónde están los culpables?

NOTA: Agradecemos la colaboración de éste artículo al Econ. H. J. Jiménez, @13CarpeDiem13 .