Cuando los cigarrillos fueron monedas


 
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Durante la Segunda Guerra Mundial las personas injustamente recluidas en los llamados campos de concentración padecieron en carne propia toda la maldad de la que es capaz la humanidad. La casi totalidad de estas personas eran antes de su internamiento hombres y mujeres como nosotros, no eran delincuentes de ningún tipo. Pero de repente y sólo por el hecho de profesar una particular religión, de haber nacido en algún determinado país, ser de esta o aquella raza o pertenecer a una tendencia política no vista con buenos ojos por los nazis, eran confinados en extensos centros de reclusión que pasarían a ser recordados como el ejemplo más crudo de la perversidad en la historia universal.
En los campos de concentración la población cautiva era confinada en barracones (a los que el cine nos ha permitido entrar con su magia) y dentro de los mismos los internos tenían cierta autonomía en cuanto a como organizarse después de cumplir los rutinarios, agotadores y humillantes trabajos a que eran sometidos diariamente por sus carceleros.

Cada uno de los detenidos recibía una dotación de artículos de consumo esenciales por parte de las autoridades del campo e incluso de la Cruz Roja Internacional, variando en su cantidad y periodicidad por los avatares propios de las guerras, con la constante de que nunca eran lo suficientemente abundantes como para sentirse satisfechos. Entre los productos frecuentes en estas remesas estaban mantequilla, te, café, galletas, pan, harina, carne en lata, chocolate, ropas, artículos de aseo, entre otros; pero había un producto que jugaría un rol muy particular, muy diferente al de su uso fuera del campo de concentración: el cigarrillo.
Cuando llegaban las provisiones, los internos descubrían con pena que algunos productos no eran de su agrado, había mucho de algo que no les gustaba y muy poco de lo que mas preferían.

Como “cada cabeza es un mundo”, gracias a Dios, era muy extraño que por unanimidad todos rechazaran los mismos productos, y acontecía que como sucede en la vida real lo que a éste no agradaba al otro apetecía. Así había quien quería cambiar mantequilla por azúcar por ejemplo, y entonces tenía primero que encontrar al que estuviera dispuesto a desprenderse de una porción del endulzante y que además quisiera mantequilla, es decir que se presentara una coincidencia de necesidades que permitiera a ambos participantes de la negociación beneficiarse mutuamente, lo cual a veces se daba y a veces no. Pero ahí no acababa el problema sino que ahora debían acordar los términos de intercambio, es decir “el precio” a pagar en cantidad de mantequilla por una determinada porción de azúcar. Estos son los dos inconvenientes propios del trueque como sistema de intercambio: que las necesidades coincidan y que se acuerden los precios en cantidades de los bienes trocados para cada operación.
La tendencia de los seres humanos de intercambiar cosas entre si con la intención satisfacer sus necesidades parece ser consustancial a su naturaleza. Todos los cautivos eventualmente terminaban entrando al juego del trueque en la búsqueda de los bienes que mejor se acomodaran a sus gustos, en un entorno de extrema escasez y con un horizonte temporal que hacia cumplir aquella máxima keynesiana de que “en el largo plazo todos estaremos muertos”.
Había productos estrellas, una especie de “comodin” que todo el mundo aceptaba a cambio de otros, entre ellos el cigarrillo, el cual paulatinamente se fue imponiendo como medio de cambio universal, como “dinero mercancía” (bien u objeto que tiene valor por sí mismo, además del valor de cambio al ser utilizado como moneda). El cigarrillo fue aceptado como medio de cambio sin importar si fumabas o no, de hecho los no fumadores se beneficiaban doblemente, ya que además de cuidar su salud al no consumir tabaco también podían “ahorrar” más fácilmente que los fumadores, los cuales al darse el placer de fumar iban agotando su “efectivo”.
De manera espontánea, por ensayo y error, los cautivos se decantaron por el uso de los pitillos de tabaco como moneda porque daban las ventajas que el dinero ofrece en el sistema económico como medio de cambio:

>Había una provisión más o menos segura y en cantidades regulares en la dotación de todos los internos.

> Era aceptado por todos, ya que sabían que posteriormente podrían cambiarlos sin dificultad por el bien que necesitaran.

> Era de fácil portabilidad, cabía en el bolsillo tal como las monedas.

> Gracias a que no se dañaba con facilidad podías guardarlo y desplazar las decisiones de consumo al futuro. Es decir permitía ahorrar y atesorar, gracias a su durabilidad.

> Permitía expresar los precios de todos los bienes en cantidades de cajetillas o de unidades de cigarrillos. Lo que ahorraba el trabajo de valorar cada par de bienes a la hora de cambiarlos.

> Como una moneda es divisible en centavos, los cigarrillos podían dividirse en cajas o en pitillos.

> Todos los cigarrillos eran mas o menos parecidos, es decir gozaban de homogeneidad, mismo peso, tamaño, composición. Quizá para un fumador la marca era importante, pero como moneda un cigarrillo era un cigarrillo.

> No era sencillo falsificarlos, aunque no deberíamos dudar en que alguien lo intentara, por lo que ofrecía seguridad y agilizaba las transacciones al no tener que examinar cada pitillo para corroborar su autenticidad.

A lo largo de la historia, en diferentes épocas y por diversas culturas, son muchos los bienes usados como “dinero mercancía”, con ventajas y desventajas en comparación con las actuales monedas: desde tiempos pretéritos el oro y la plata, el ganado, la sal, las conchas, la pimienta y hasta grandes piedras han fungido como medios de cambio. Las pieles por los pueblos cazadores, el bacalao por los pescadores, el té en China y el azúcar en la India, fueron también monedas en su momento. En el México prehispánico se usaron como unidad de pago mantas de algodón, hachas de cobre, tallos de pluma rellenos con polvo de oro y el grano del cacao, siendo éste último el más extendido de todos.
En Venezuela fue notable el uso de la perlas como moneda (ver: Perlas Margaritas como moneda oficial), además de cuentas pequeñas de caracoles, piedras o huesos de animales, así como el tabaco, la sal y el algodón.

El ingenio del hombre siempre ha encontrado un medio para mejorar sus condiciones de vida a través del intercambio de mercancías, siendo el dinero una manera de hacer de este intercambio una operación mucho mas sencilla y fluida.Ya sea con monedas, cigarrillos o algún otro objeto encontrará el hombre la manera de acordar el precio de los bienes para beneficio de todos los participantes, ayudando a satisfacer sus necesidades y a mejorar su calidad de vida, aún en condiciones tan adversas como las de un campo de concentración.

NOTA: Agradecemos la colaboración de éste artículo al Econ. H. J. Jiménez, @hjjc13 . Invitamos enviar aportes o sugerencias sobre Experiencias del cigarrillo como moneda a [email protected]

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